Ayer cambié mi cartera. Sí, la que tenía antes está agujereada, se le salen las monedas y los billetes no entran (bueno, eso no me preocupa porque no tengo muchos).
Al ver mi cartera llena de boquetes me quedé pensando en los huecos y los cambios que han ocurrido en los últimos años de mi vida y de la vida de los deportes que me gustan, y me di cuenta de una ley inequívoca de la vida: todo cambio es malo.
Sí, el cambio de Papa, el de trabajo, de escuela, de amigos, de equipo de futbol. Todos representaron pérdidas y desgracias en algún momento.
Y me vienen a la mente los casos del “Bofo” de Guadalajara a Chiapas, Cuauhtémoc de América al Fuego de Chicago, Roger Clemens de Houston a Nueva York. En fin, personas van, personas vienen, y cuando cambias algo desajustas la maquinaria perfecta que es tu existencia.
Imagínate que mañana despiertas y no está Derek Jetter con los “Mulos de Manhattan”.
Sin cambios, la estática no existiría. No podríamos decir que existe “amor a la camiseta”, porque sería obligatorio que jugáramos todo el tiempo con la misma escuadra, o que trabajáramos en lo mismo siempre, o peor aún, que estuviéramos con la misma mujer por el resto de nuestros días.
Y los huecos, de esos ni hablemos. Recientemente tuve una pérdida muy grande que no se debió a mi cartera rota, sino a que la confianza se quebró, en palabras de la mujer aludida.
El agujero que dejó me hizo sentir como cuando Ramón Ramírez abandonó al Santos para jugar con las chivas saltonas, o como cuando Figo se fue del Barcelona al Real Madrid por unos cuantos millones de euros. Yo me pregunto ¿qué son 700 millones de pesos cuando tienes a toda una ciudad pidiéndote que te quedes?
Desafortunadamente a mi no me pidió nadie que me quedara (ni siquiera la amiga en cuestión), pero el hueco, de mi corazón, no de mi cartera, ese sí permaneció.
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