El dolor se siente en el aire. Quejas constantes y gritos desgarradores de la multitud amontonada en los pasillos.
Preocupaciones que caminan de un lado a otro, voces de alerta y olor a medicina, pero, sobre todo, a sufrimiento. Esto es lo que se encuentra en la sala de urgencias del Hospital O'Horán.
No importan los rasgos o las creencias para las afecciones que en el nosocomio se presentan. Los médicos se enfrentan con más de 70 casos de personas a cualquier hora del día.
Se puede encontrar desde una joven de apenas 25 años que intentó quitarse la vida, y a quien salvaron lavándole el estomago, hasta el muchacho travieso que se fracturó la pierna jugando la "cascarita" de futbol.
Los galenos se dirigen con paso firme a sus rondas de inspección, deseando tomar las decisiones correctas en aras de salvar más vidas, pues mientras más rápido actúen, mejor. De las medidas que tomen y la velocidad de sus fallos dependen trabajos, vidas, familias.
28 camas para más de 60 personas no son suficientes,y es por eso que todos esperan las palabras "mágicas": "Estás dado de alta".
Afuera, los esperan familiares luchan con sus propias dolencias, pues aguardan ansiosos noticias de sus pacientes, soportando sirenas ensordecedoras e incomodidades extremas, durmiendo en las banquetas con cartones como camas y periódicos como sábanas. Ellos pasan los minutos de angustia, que no son pocos, como si fueran verdaderas horas, entre rezos y lamentos, entre el frío y los latidos acelerados ante la preocupación de enfrentar una tragedia.
Y las dolencias se agravan en lo que el mundo médico clasifica como urgencias, auténticas pesadumbres tan espontáneas como lamentables, que hacen de la sala de emergencias un lugar donde convergen diferentes estilos y formas de vivir, variadas aficiones, desiguales conviciiones y diversas afecciones, pero en este lugar se encuentran hermandadas por un común denominador: el dolor.
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