Cualquiera puede hablar o escribir de futbol. Los niños en la calle, los taxistas, los oficinistas, vaya, hasta un seudointelectual dedicó su columna semanal en este rotativo para hablar de la Selección Mexicana.
Pero pocos pueden hablar DEL futbol, del sentimiento que es este deporte, del querer, que digo querer, amar a un equipo, a un jugador, del dolor de ver a tu escuadra perder una final, del llanto derramado por ver a tu equipo en el descenso.
En Yucatán, tierra beisbolera y carente de soccer de máximo nivel, los aficionados tienden a adoptar al equipo de moda, al que es el campeón durante la niñez. Es por eso que tenemos muchos pumas (en los nacidos en los 80), mucho cementero y águila (los que fueron niños en los finales de los 70 y principios de los 80) y sobre todo, muchos chivas (esos no necesitan nacer en una época determinada, simplemente ser... chivas).
Yo fui y seré toro, sí toro de Neza, de Arangio, de Memo Vázquez, de un veterano pero no acabado Pablo Larios, del Piojo Miguel Herrera.
Sí, el Toros Neza de las máscaras, de los pelos pintados, pero sobre todo, lo más importante, el Toros Neza de un grande: Antonio Mohamed.
Antonio “El turco” Mohamed marcó una época en el futbol mexicano. Su alegría era contagiosa, agradaba verlo jugar y deleitaba a sus seguidores (entre ellos, yo) e hizo ganador a un equipo que pintaba para descender en un dos por tres.
Tony, como le decían en el equipo, llegó a México de Huracán y de inmediato se ganó a los seguidores del en un principio gitano equipo, lo llevó a una final y lo condenó al descenso al abandonarlos.
Por Mohamed amé al Toros Neza, amé verlos jugar, verlos salir con las máscaras de abuelita (la del Turco), de Bart Simpson (Germán Arangio), de Kiss (Memo Vázquez) o de monstruos.
Lloré de alegría al llegar a la final del invierno 98, pero más lloré cuando Chivas nos ganó y humilló 6-1 (desde eso soy antichiva, y como lo más radical de esa postura es ser americanista, pues ahora soy americanista), y derramé lágrimas de sangre cuando descendimos (ya sin Tony).
Por Mohamed apoyé al América por primera vez, cuando el argentino fue llamado como refuerzo del club de Coapa para la Libertadores.
Toros Neza, gran época del futbol mexicano, gran época de mi vida, pero todo tiene que acabar.
Al Turco, sin embargo, no se le acabó la magia y la alegría. Hace poco más de un año que volví a llorar por su causa, lloré al enterarme que su hijo Farid de 9 años murió en un accidente de tránsito en Alemania, en fechas mundialistas. Lloré porque Mohamed es más que un jugador de futbol, es un perssonaje, un emblema del club que me dio alegrias futbolísticas y otras personales, lloré porque Tony estaba desgarrado y me dio una nueva lección de vida: regresó a Argentina para subir a Primera División al club que lo vio nacer, al Huracán, donde es ídolo igual que en Neza y en Mérida (aunque sólo tenga un fan, que soy yo).
En fin, ahora son “incha” de Huracán, Toros Neza quedó atrás, y espero que me den nuevas alegrías a mí, a sus inchas y sobre todo a un hombre que se lo merece porque me dio muchas alegrías pasadas: Antonio Mohamed.
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